viernes, 9 de diciembre de 2011

palabras más bonitas que un silencio (tres)

¿Creíais que no llegaba, verdad? Pues no, ya está aquí la nueva entrega de nuestra sección más o menos mensual. Espero que disfrutéis, una vez más, de unas palabras más bellas que un silencio:

"Ni una inteligencia sublime, ni una gran imaginación, ni las dos cosas juntas forman el genio; amor, eso es el alma del genio."

Wolfang Amadeus Mozart.

jueves, 24 de noviembre de 2011

cien años de soledad

Nunca tuvo mejor semblante, ni lo quisieron más, ni fue más desaforado el paritorio de sus animales. Se sacrificaban tantas reses, tantos cerdos y gallinas en las interminables parrandas, que la tierra del patio se volvió negra y lodosa de tanta sangre. Aquello era un eterno tiradero de huesos y tripas, un muladar de sobras, y había que estar quemando recámaras de dinamita a todas horas para que los gallinazos no les sacaran los ojos a los invitados. Aureliano Segundo se volvió gordo, violáceo, atortugado, a consecuencia de un apetito apenas comparable al de José Arcadio cuando regresó de la vuelta al mundo. El prestigio de su desmandada voracidad, de su inmensa capacidad de despilfarro, de su hospitalidad sin precedente, rebasó los límites de la ciénaga y atrajo a los glotones mejor calificados del litoral. De todas partes llegaban tragaldabas fabulosos para tomar parte en los irracionales torneos de capacidad y resistencia que se organizaban en casa de Petra Cotes. Aureliano Segundo fue el comedor invicto, hasta el sábado de infortunio en que apareció Camila Sagastume, una hembra totémica conocida en el país entero con el buen nombre de La Elefanta.

El duelo se prolongó hasta el amanecer del martes. En las primeras veinticuatro horas, habiendo despachado una ternera con yuca, ñame y plátanos asados, y además una caja y media de champaña, Aureliano Segundo tenía la seguridad de la victoria. Se veía más entusiasta, más vital que la imperturbable adversaria, poseedora de un estilo evidentemente más profesional, pero por lo mismo menos emocionante para el abigarrado público que desbordó la casa. Mientras Aureliano Segundo comía a dentelladas, desbocado por la ansiedad del triunfo, La Elefanta seccionaba la carne con las artes de un cirujano, y la comía sin prisa y hasta con un cierto placer.

Era gigantesca y maciza, pero contra la corpulencia colosal prevalecía la ternura de la femineidad, y tenía un rostro tan hermoso, unas manos tan finas y bien cuidadas y un encanto personal tan irresistible, que cuando Aureliano Segundo la vio entrar a la casa comentó en voz baja que hubiera preferido no hacer el torneo en la mesa sino en la cama. Más tarde, cuando la vio consumir el cuadril de la ternera sin violar una sola regla de la mejor urbanidad, comentó seriamente que aquel delicado, fascinante e insaciable proboscidio era en cierto modo la mujer ideal. No estaba equivocado. La fama de quebrantahuesos que precedió a La Elefanta carecía de fundamento. No era trituradora de bueyes, ni mujer barbada en un circo griego, como se decía, sino directora de una academia de canto. Había aprendido a comer siendo ya una respetable madre de familia, buscando un método para que sus hijos se alimentaran mejor y no mediante estímulos artificiales del apetito sino mediante la absoluta tranquilidad del espíritu. Su teoría, demostrada en la práctica, se fundaba en el principio de que una persona que tuviera perfectamente arreglados todos los asuntos de su conciencia, podía comer sin tregua hasta que la venciera el cansancio. De modo que fue por razones morales, y no por interés deportivo, que desatendió la academia y el hogar para competir con un hombre cuya fama de gran comedor sin principios le había dado la vuelta al país. Desde la primera vez que lo vio, se dio cuenta de que a Aureliano Segundo no lo perdería el estómago sino el carácter. Al término de la primera noche, mientras La Elefanta continuaba impávida, Aureliano Segundo se estaba agotando de tanto hablar y reír. Durmieron cuatro horas. Al despertar, se bebió cada uno el jugo de cincuenta naranjas, ocho litros de café y treinta huevos crudos. Al segundo amanecer, después de muchas horas sin dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de plátanos y cuatro cajas de champaña, La Elefanta sospechó que Aureliano Segundo, sin saberlo, había descubierto el mismo método que ella, pero por el camino absurdo de la irresponsabilidad total. Era, pues, más peligroso de lo que ella pensaba. Sin embargo, cuando Petra Cotes llevó a la mesa dos pavos asados, Aureliano Segundo estaba a un paso de la congestión.

-Si no puede, no coma más -dijo La Elefanta-. Quedamos empatados.

Lo dijo de corazón, comprendiendo que tampoco ella podía comer un bocado más por el remordimiento de estar propiciando la muerte del adversario. Pero Aureliano Segundo lo interpretó como un nuevo desafío, y se atragantó de pavo hasta más allá de su increíble capacidad. Perdió el conocimiento. Cayó de bruces en el plato de huesos, echando espumarajos de perro por la boca, y ahogándose en ronquidos de agonía. Sintió, en medio de las tinieblas, que lo arrojaban desde lo más alto de una torre hacia un precipicio sin fondo, y en un último fogonazo de lucidez se dio cuenta de que al término de aquella inacabable caída lo estaba esperando la muerte.

Gabriel García Márquez


lunes, 7 de noviembre de 2011

palabras más bonitas que un silencio (dos)

Hoy, en la sección a la que ya tenemos un poquito de cariño, aprovechando la maravillosa oportunidad que estoy teniendo en este tiempo de, más que conocer, re-conocer a una persona fabulosamente especial, me gustaría compartir con vosotros estas palabras:

"Si verdaderamente quieres conocer a una persona, debes andar un día con sus zapatos."


Realmente me está encantando conocerle, pero tranquilos, que después de llevar durante más de una semana sus zapatillas de estar por casa de Snoopy, ya tengo unas nuevas.


martes, 11 de octubre de 2011

mi tu nuestra canción

No puedo evitar, desde que me dijiste que esta canción te recordaba a mí en un viaje de autobús, que ahora me recuerde a ti. No, no a ti, a nosotros.

A ese viaje de autobús, a otros viajes en autobús cruzando ríos y viendo árboles llenos de pájaros blancos, en aviones de ida, en aviones de vuelta, caminando del lado en que nos chocan los relojes, en coche mientras oímos anécdotas de obras de teatro en guarderías, en las "combis" donde siempre cabían tres más, en los remolques de furgonetas llenos de picos, palas y sacos de arroz con dibujos de negras con sacos de arroz en la cabeza, y; sobre todo; en los viajes entre risas tumbados en el sofá de casa, transportándonos el uno al otro a nuestra infancia, a momentos puntuales en los que el otro no había tenido la ocasión de estar, a esas realidades cercanas para uno y remotas para el otro, teñidas siempre de cierto matiz de exageración o fantasía para hacerlas más graciosas con el mero fin de hacer al otro sonreír.

Me recuerda a esos viajes, y también me hacen pensar en los viajes que vendrán. Ya sabes que a mí todavía me falta ir en globo, yo lo dejo caer.

miércoles, 5 de octubre de 2011

palabras más bonitas que un silencio

Hoy, para obligarme a mí mismo a escribir un poquito más, he decidido crear una sección en el blog. Iba a decir "una nueva sección", pero en este blog nunca ha habido secciones; así que al ser la primera, le tendremos un especial cariño, ¿vale?

Sin más dilación, las primeras palabras más bonitas que un silencio:

"La vida en sí es el más maravilloso cuento de hadas".

Hans Christian Andersen.

viernes, 16 de septiembre de 2011

luna creciente

La luz de una luna tímida y creciente sólo hacía visible la densa niebla que rodeaba al barco. Eso y algunas rocas cuando estaban a una distancia tan cercana que parecía inevitable chocar con ellas. Durante un breve instante, el capitán pudo escuchar los terribles sonidos de las olas, el viento y los monstruos marinos; después, la puerta volvió a cerrarse tras él. La reconoció por el olor.

- No es una buena noche para estar en este barco, mi querida Greta.
- Si algo tienen en común todas las noches a bordo de este jodido barco, es que no lo son.

El capitán, extrañado por un matiz oloroso que todavía hacía a Greta más sexualmente atrayente, se giró para verla; y fue entonces cuando pudo contemplar el horror. Olía a sangre; porque de ella estaba salpicado todo su pálido cuerpo.

Las rameras de puerto aprenden a no ir nunca totalmente desarmadas. Para ello, alguien tendría que quitarles los adornos punzantes, y arrancarles las uñas y los dientes. También esos ojos de hechizante inocencia. Aquella noche, todos presagiaban algo terrible, así que Greta, con el coraje que proporciona tener ya tan poco que perder, decidió demostrar en la primera ocasión que se le presentó, que no se sometería a más abusos. Se cargó a aquel marinero como tantas veces había fantaseado mientras la forzaba.

- Todos esos cabrones están preparados para morir. Saben, tan bien como tú y como yo, que si seguimos en marcha acabaremos por chocar con cualquier peñasco, y que si nos detenemos, nos estrellaremos contra el acantilado antes de poderlo ver con la luz del día.
- Si encontramos más rocas en nuestro camino, anclaré el barco y esperaremos a mañana para continuar navegando.
- La segunda buena cosa que he hecho esta noche ha sido soltar la cadena del ancla. Ahora está en el fondo del mar esperando nuestra llegada. Todos, capitán, habéis sido una pandilla de cabrones, especialmente conmigo; y es por eso que creo que merezco la satisfacción de ser la autora de este feliz desenlace. Por favor.

El capitán se hizo a un lado y se quedó observando cómo aquella muchacha se acercaba al timón cojeando con un solo tacón y la ropa hecha jirones. En sus manos, su pecho y alrededor de su boca había manchas oscuras de sangre reseca, estaba encantadoramente despeinada y sus ojos, con el maquillaje corrido a ostias, miraban fijamente hacia el horizonte invisible.

- ¿Cómo coño se acelera esto?

El capitán señaló con un gesto de la mano. Ella sintió la velocidad, riendo a carcajadas, por primera vez desde hacía años, como la niña que era, al pensar en lo sorprendente de que después de tantos oficios que había desempeñado en su corta vida, iba a terminar sus días como capitán de barco. La capitana Greta Manrique. No sonaba del todo mal.

Nadie a bordo del barco pudo ver crecer aquella tímida luna.

lunes, 11 de julio de 2011

la caja de botones

Todo el mundo se encuentra en órbita. Todo su mundo menos él. Su vida se ha dividido en pequeños planetas y cometas que han comenzado viajes intergalácticos demasiado complicados, elípticos o remotos para él, que se ha quedado sentado en la acera, viendo pasar días tan iguales como los granos de un reloj de arena. Esa es su dimensión del tiempo ahora, el caos universal tras los cristales de quietud en que se halla encerrado.

Echa de menos sentarse con ellas en torno a una mesa para reír, juguetear y toquetearse. Echa de menos jugar a detener con él un globo terráqueo con el dedo y hacer planes de vida en aquel lugar aleatorio; planes tan distintos que solamente tienen en común la palabra "juntos" en todos ellos. Echa de menos ir abriendo todas las puertas con ella, con la palma de la mano y hechizos de palabras mágicas que sólo funcionan si dicen al unísono. Echa de menos llegar diez minutos antes de la hora acordada al banco roto de siempre para leer mientras le espera a él, solamente por el placer de escuchar sus pisadas en la gravilla. Echa de menos levantarse por las mañanas con tareas que le hagan sentir realizado y que le retribuyen, además, tantas sonrisas de niño. Echa de menos el sabor triplemente dulce de la fruta robada y compartida con todos ellos. Echa de menos tener algo que echar de menos con él. Echa de menos observar con ella a las hormigas, debatir sobre su vida y organización social, y escoger cuál de todas ellas se comen. Echa de menos los ataques de risa con ella antes de dormir. Echa de menos cenar con ellos y contarse el día de manera exagerada y divertida. Echa de menos el radiador donde dejar la toalla compartida con él para que estuviera caliente al salir de la ducha. Echa de menos que ella le tome por un loco entrañable.

Echa mucho de menos, también, aquellas risas en torno a una lata de caramelos de café antigua, reconvertida en caja de botones, aprendiendo, a la vez, con ella, que la vida, al fin y al cabo, se resume en esas tardes de costura; en asegurarse de que las puntadas se dan con hilo; en unir retales que, aunque a veces no combinen del todo, también pueden producir un efecto divertido; en que cuando algo parece que queda demasiado grande, se le puede coger el doble para encontrar la medida; en que hay problemas que pueden parecer grandes, pero que se terminan arreglando sosteniéndolos con alfileres.

Echa de menos ese sentimiento de profunda responsabilidad al mirar en aquella caja de botones para escoger uno que coser en una camisa que ha perdido uno. Sentirse a gusto rebuscando en ese caos de colores, tamaños y formas de botón. Qué forma tan distinta de mirar el caos que le rodea, la de aquel día de hace quince años, y la de hoy.

martes, 28 de junio de 2011

cumpblogaños

¡Ya ha cumplido un año, la criaturita! Es muy charlatán, como su dueño, así que desde el primer día ya habla... pero ahora ya da sus primeros pasitos sin ayuda, a veces hasta corre un poquitín, pero solamente cuando tiene algo que perseguir. Todavía hay que pasarle la comida, aún no mastica los trozos; pero eso son cosas que seguiremos aprendiendo juntos.

Está muy contento y le gustaría invitar a un trocito de tarta a cada uno de sus, hasta ahora, diecisiete amiguitos seguidores; porque para las tres mil y pico visitas que ha tenido, no llegaría más que una migajilla; y eso tampoco es.

Así que ya sabéis, estáis más que invitados. Podéis traer algún regalito, ¿eh? Que se alegrará. ¡Ah! Y no tengo gorros de esos de cumpleaños para todos... podéis traer tambien. Lo siento, es que me he dado cuenta hoy mismo de que era el cumpblogaños... ¡me ha cogido un poco de sorpresa!

sábado, 25 de junio de 2011

lunes, 13 de junio de 2011

de amor y sombra

Ella notó el cambio en su respiración, levantó la cara y lo miró. En la tenue claridad de la luna cada uno adivinó el amor en los ojos del otro. La tibia proximidad de Irene envolvió a Francisco como un manto misericordioso. Cerró los párpados y la atrajo buscando sus labios, abriéndose en un beso absoluto cargado de promesas, síntesis de todas las esperanzas, largo, húmedo, cálido beso, desafío a la muerte, caricia, fuego, suspiro, lamento, sollozo de amor. Recorrió su boca, bebió su saliva, aspiró su aliento, dispuesto a prolongar aquel momento hasta el fin de sus días, sacudido por el huracán de sus sentidos, seguro de haber vivido hasta entonces nada más que para esa noche prodigiosa en la cual se hundiría para siempre en la más profunda intimidad de esa mujer. Irene miel y sombra, Irene papel de arroz, durazno, espuma, ay Irene la espiral de tus orejas, el olor de tu cuello, las palomas de tus manos, Irene, sentir este amor, esta pasión que nos quema en la misma hoguera, soñándote despierto, deseándote dormido, vida mía, mujer mía, Irene mía. No supo cuánto más le dijo ni qué susurró ella en ese murmullo sin pausa, ese manantial de palabras al oído, ese río de gemidos y sofocos de quienes hacen el amor amando.

Isabel Allende.

lunes, 6 de junio de 2011

las heridas

Somos curiosas, las personas. Aquella noche estaba tan cansado que no me despertó mi persiana siendo golpeada por el viento, ni el cielo desprendiéndose en forma de lluvia; ni siquiera el estruendo de los truenos de la tormenta que hacía hasta temblar los lapiceros en mi mesa. En cambio, me desperté al instante al oír ese tímido golpeteo en la puerta.

Al principio, pensé que se trataba de un sonido más de los que traía el viento, así que me di media vuelta en la cama para seguir durmiendo, pero volví a escucharlo nuevamente, aunque con la misma leve intensidad. Entonces, como uno de los relámpagos que adornaban el cielo de esa noche, vino a mi mente la idea de que indudablemente eras tú quien llamaba a mi puerta. Me levanté corriendo y fui a abrirte.

Otra vez llegabas con esa carita triste que me partía el corazón. Tus pantalones estaban calados, y aunque trataste de ocultarlo, pude ver que llevabas un corte en la mejilla.

- ¿Cómo puede haber personas que puedan golpear una cara tan bonita, y dejarte en la calle en una noche como esta? A veces la humanidad me da miedo.

Te agarré de las puntas de los dedos, moradas de frío, que asomaban por las mangas de tu jersey empapado, y te hice pasar dentro. Preparé una toalla limpia y la coloqué encima del radiador mientras te dabas una ducha. Cuando llegaste en toalla a la cama y me abrazaste, descubrí, sin quererlo, otras heridas en tu piel.

Caíste rendido mientras yo lamía el corte de tu mejilla. Incluso después de la ducha caliente, seguía notando tus pies helados entre los míos. No podía verte en la oscuridad, pero sabía que sonreías de aquella forma tuya, como un cachorrillo que se duerme delante de una estufa. A mí sólo me daba pena no poder lamer las heridas de tu corazón maltratado.

Te miraba sin verte con el temor de dormirme, porque sabía que al despertar ya no estarías a mi lado. Nadie podía comprenderme y lamer aquella herida mía; no había una realidad más dolorosa para mí que saber que estabas hecho para el sufrimiento, y que todo el cariño que yo pudiera darte, sólo serviría para restablecerte hasta los siguientes golpes que tú buscases. Somos curiosas, las personas.

sábado, 23 de abril de 2011

las golondrinas y Julia Martínez

La mañana del veintitrés de abril de mil novecientos setenta y tres estaba muy soleada en Roma. Julia Martínez llevaba puesto un viejo vestido de seda ya amarillenta que usaba para estar por casa en días calurosos como aquél. Sobre él llevaba un delantal blanco adornado en el pecho con la publicidad de una marca de arroz. Estaba cocinando descalza con la ventana abierta. En mañanas como aquella le gustaba sentir entrar la brisa, el olor de las sábanas tendidas y el trajín de la calle entreverado con el canto de las golondrinas.

Julia Martínez había viajado a Roma con su mirada soñadora, su melena alborotada y sus delgadas piernas de bailarina a probar suerte en el mundo de la ópera. Esa voz suave, calmada, pero potente que brotaba con tanto sentimiento de su cuerpo diminuto había causado asombro a todos sus conocidos y Valentina Noguera, profesora de canto, fue quien le había recomendado ese destino que tan poca gracia hizo a su familia.

Dos de esas golondrinas se posaron cerca de su ventana. Julia Martínez, demasiado inquieta como para esperar pacientemente a que la salsa estuviera lista, se acercó a la ventana para observarlas más de cerca. También pudo observar aquella capa de polvo que se formaba en el exterior de las casas, que tan nerviosa le ponía en los primeros días de su llegada a Roma. Por más que limpiase el alféizar de su ventana a diario, amanecía cubierto por aquella enervante capa de polvo. Después comprendió que en una ciudad con tantísimos siglos de historia, aquella fina capa de polvo tampoco representaba un problema de gran magnitud. Se acostumbró a dejarla ahí y, curiosamente, tampoco se hacía más gruesa.

Las golondrinas se fueron volando, y Julia Martínez volvió con su cuchara de madera a darle unas vueltas; ensimismada en sus nostalgias de emigrante, a la salsa de tomate, cebolla y berenjena. ¡Ay, la sal! Siempre olvidaba la sal.

De pronto, comenzó a escucharse un sonido débil en un principio pero que a ritmo musical iba cobrando una fortaleza desmesurada que silenció a los coches en la calle, a las vecinas en la escalera, a las golondrinas en el aire y a los pensamientos en la cabeza de Julia Martínez. Se trataba de la vigorosa voz de un hombre, que cantaba posiblemente desde algún balcón a la bella mañana de primavera. Ella, en su afán por conseguir su sueño, conocía muchos actos de ópera que, desde su timidez, sólo se permitía a sí misma practicar mentalmente, moviendo los labios al mismo tiempo. Alguna vez, como mucho, entonaba a media voz. Es por esto que reconoció la interpretación de aquella voz firme; reconoció al Alfredo de La Traviata entonando su Parigi, o cara.

Julia Martínez se emocionó al escuchar esos versos tan bellos en aquella voz portentosa; pero su emoción se vio teñida de tristeza al pensar que no tendría una Violeta que le respondiera. Entonces se le ocurrió una idea disparatada... ¿y si ella misma fuese su Violeta cantando desde la ventana? Sonrió con cierta vergüenza y negando levemente con la cabeza ante lo tonto de aquella idea que acababa de tener. Se le escapó incluso una pequeña risita nerviosa sólo con pensarlo. Siguió escuchando, embelesada, los versos de aquél Alfredo improvisado; y en el último de ellos, para agudizar todavía más la emoción, aspiró profundamente el apetitoso olor de la salsa.

En ese mismo instante, a la vez que el olor; entró en ella con claridad el pensamiento de que estaba en Roma, lejísimos de su casa, con la idea de convertirse en cantante de ópera; en la mejor cantante de ópera del mundo. Y no sólo eso, también quería llevar una vida de estrella. Se dio cuenta de que tenía el innegable derecho de vivir con pasión. La ineludible obligación de ser apasionada, más bien. Fue corriendo hasta la ventana y desde allí apoyada respondió a la voz de aquél desconocido con un desgarro, una emoción y un dramatismo que verdaderamente parecía que estaba muriendo, enferma de amor, cantando hacia la calle.

Llegó la parte en la que las voces del dúo se unían y Julia Martínez no pudo aguantar aquella forma de sentir recién descubierta en ella misma y salió corriendo a la calle siguiendo el rastro de aquella preciosa voz. Salió descalza, con el delantal y el viejo vestido de seda; pasando sin dejar de cantar entre las vecinas de la escalera y los peatones de la calle que la miraban como se miraría a una mariposa gigante que cruzase fugazmente por sus vidas. Una mariposa descomunal. La pasión hecha ser.

El hombre de la voz, al escuchar cada vez más cercana a su Violeta de ensueño salió también a la calle en su busca. Así corrían, llamándose a gritos, entonándose un futuro juntos uno al lado del otro sin conocerse, asustando a los peatones y a los coches con carreras de ilusión, saltos de esperanza y giros de locura. Así fue pues, como Julia Martínez encontró en medio de las calles de Roma a aquél hombre que le cantaba a una mañana de abril mientras regaba los geranios, a aquél magnífico ser que le juró amor eterno desde los balcones antes incluso de ver su rostro ni saber su nombre.

Julia Martínez no sabía qué hacer con tanto sentimiento recién encontrado, con su nueva forma de ver la vida. No sabía dónde meter toda aquella pasión. Así que se aferró a ese hombre atractivo como su voz y le besó. Le besó en plena calle para asombro de todos los transeúntes mientras se quemaba la cebolla, el tomate y la berenjena en una casa de la que salió tan deprisa que sólo dejó en ella las marcas de sus manos en el polvo de la ventana.


Como dato innecesario, ni qué decir tiene que Julia Martínez y ese hombre con voz de tenor, desde aquél encuentro en las calles de Roma, comparten la vida juntos. A Julia Martínez no se la llegó a reconocer como la mejor cantante de ópera del mundo, pero sí es mi favorita. Fueron mis vecinos durante un año y ésta es la historia de amor que me inventé para ellos. Sólo me faltaba en ella la música.

martes, 12 de abril de 2011

como gotas

Nunca había podido concebir esas enormes distancias hasta que estuve una temporada en aquel lugar de la tierra. Ese lugar donde tienes que caminar varios kilómetros para visitar al vecino más cercano o conducir durante horas para encontrar en medio de la noche un motel cutre anunciado por un cartel con luces de neón.

Llevaba tantas horas conduciendo en la oscuridad, con la vista fija en el cercano tramo de carretera que alumbraban nuestros faros, que había desaparecido hasta mi preocupación inicial de atropellar alguna cría de canguro por distracción. No sabría decir si estaba pensando en todo lo que había sucedido tan repentinamente en aquellos días, o simplemente en nada. Aquella ancha recta parecía no tener fin, y tampoco podía recordar su principio. Conducía deprisa. Muy deprisa.

Tú dormías en el asiento de atrás. Eso hacía que el silencio fuese, con la velocidad y la oscuridad, el tercer protagonista de aquella noche. No sabría decir cuánto tiempo llevaba callado y al volante. Creo que no miraba el reloj, más que por desinterés; porque no recordaba siquiera su existencia.

Con aquella oscuridad envolvente, no había visto formarse una densísima capa de nubes que, repentinamente, en la melancolía de aquella larga noche de viajes sin rumbo, empezó a dejarse caer encima del mundo en forma de rápidas y enormes gotas. Noté que te movías en el asiento de atrás y que te incorporabas levemente. Puse el limpiaparabrisas a funcionar.

Unos segundos después, a lo lejos y por tercera vez en tantas horas, otras luces se dirigían hacia nosotros desde el horizonte. Aproveché el que nos alumbrasen al acercarse para mirar tu reflejo en el espejo retrovisor. Tú también. Nos cruzamos con aquél coche y volvimos a quedar a oscuras. No sabíamos qué hora era, pero en aquél fugaz encuentro de nuestras miradas tomamos una decisión con la unisonidad propia de la ausencia de palabras. Aparqué en la cuneta.

Sin renunciar a la oscuridad, a la velocidad, ni al silencio en el momento de nuestra decisión, habíamos llegado al acuerdo ciego y mudo de pasar la noche allí mismo, sabiendo que más que el reposo de un colchón necesitábamos el de nuestra piel, y más que las luces de neón; las que se escondían tras nuestros párpados cerrados. Sin bajarme del coche, pasé al asiento de atrás después de apagar el motor. Allí dormimos abrazados, envueltos y calmados por el sonido fuerte de la lluvia en la chapa del techo.

Recuerdo que antes de quedarme dormido, pensé que las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal, viajaban aquella noche tan perdidas como nosotros.

miércoles, 6 de abril de 2011

animalfabeto

Una práctica serie de consejos de la A a la Z para salvar nuestro planeta elaborada por los niños de mi cole de prácticas. El viernes, cuando termine y me tenga que ir de la escuela creo que voy a contribuir al consejo de la letra Q,... y bastante.


video

lunes, 4 de abril de 2011

maremoto

... y entonces, me besaste. No, en realidad no me besaste. Cualquiera que hubiese visto la situación desde fuera, hubiera podido pensar que me estabas besando, pero no era así. Lo que en realidad me hiciste fue lo que el agua de las olas del mar hace con la arena de la playa.

Me llenaste de ti, me cubriste por completo con tu esencia, me inundaste de emociones, me acariciaste con tu espuma, me hiciste salir de mi estatismo para ponerme a rodar por la irreflexión, me transformaste en algo vivo, me hiciste oír tu canto eterno, me envolviste con tu olor oceánico, me abrigaste con tu humedad natural, me trajiste restos de conchas, me arrastraste haciéndome ver lo conocido desde un nuevo punto de vista, me centrifugaste.

Pero hay algo más que también hacen las olas del mar con la arena de la playa; abandonarla. Volver a arrastrarla hasta su lugar de origen, dejándola revuelta, mareada y sin saber lo que pasó. Volver a convertirla en piedra de una manera todavía peor que en un principio; porque a su ausencia de movimiento se suma la impotencia del recuerdo de la vida. Su sal la deja sedienta de su agua; sedienta incluso de la misma sal que le hace ahogarse lentamente por la necesidad de beberle.

En realidad no me besaste, cualquiera podría pensar que sí, pero yo sé que en aquél preciso momento lo que hiciste fue sumergisme en un mágico, colosal e inesperado maremoto llamado locura de amor.

sábado, 19 de marzo de 2011

el día en que te conocí

Volví a entrar para comprar cualquier tontería que no necesitase pero me apeteciese, solamente por volver a verte sonreírme. Solamente porque hubiera una posibilidad de que estuvieses allí y poder volver a verte sonreírme, mejor dicho. Generalmente compraba chocolate, o algo apetecible que intentase despertar tu deseo de compartir su consumo con la persona que lo estaba comprando. Cuando llegué a la caja, vi una oportunidad en el hecho de que en aquél momento no hubiese ningún cliente más.

- Hoy tienes menos trabajo, ¿eh? - Sonreí como un idiota.
- Sí, - tú también sonreías - pero igualmente salgo reventado. Son noventa céntimos.
- Te ha faltado decir en esa frase la hora a la que sales.
- Es verdad. Sí, pero igualmente salgo reventado a las cinco. - otra vez tu sonrisa - Son noventa céntimos.
- Ahora te ha faltado decir si quieres que algún día venga a buscarte a la salida a las cinco.
- Salgo igualmente reventado a las cinco, - sonreíste todavía más - pero me encantaría que vinieras a buscarme. Son noventa céntimos.
- Ahora te has alargado un poco, te ha sobrado lo del precio.

Te oí reír por primera vez, y supe que ese mismo día debía acudir a las cinco a buscarte para volver a escuchar aquella risa una y otra vez.

- No, eso sí que no. El precio es el mismo, que la tienda no es mía.
- Bueno, el no ya lo tenía... Toma.

viernes, 4 de marzo de 2011

tarde de lluvia

Había dejado de llover, así que me dirigí hacia casa. Me gustó la sensación de volver hacia allí por la calle fresca, con la luz clara del sol nublado y el olor a hierba y tierra mojada. Pensaba en mis cosas, o en nada, no recuerdo.

Cuando estaba llegando, vi frente a la puerta de mi casa un enorme charco. Me pareció muy extraño porque nunca que llovía se acumulaba allí el agua; y me asomé para ver mi cara de sorpresa reflejada en el fondo de aquel charco gigante.

Sin salir de mi asombro, mis pasos me guiaron inconscientemente a la acera de enfrente, donde me senté en el asfalto negro y húmedo para ver dentro del charco mi casa boca abajo. Me quedé mirando embelesado, con gran atención, el interior del charco. Y allí, invertidos e invocados por mi gran esfuerzo de concentración, comenzaron a aparecer todos mis amigos, familiares, mascotas, recuerdos, objetos personales y, en definitiva, todo lo que hasta entonces había sido mi vida.

No sé durante cuanto tiempo estuve mirando con una sonrisa estúpida aquél espejo de las ilusiones; pero creo que todavía no habría salido de mi embelesamiento si tú no hubieras pasado por mi calle. Así de emocionado me encontraba cuando cruzaste el charco pisándolo indolente; revolviendo sin darte cuenta todos mis recuerdos, moviendo mi casa desde sus cimientos en el aire hasta el tejado de su suelo y entreverando toda mi vida anterior de una forma irreparable.

Levanté la cabeza; todavía manteniendo la misma sonrisa, y aún sin entender el misterio del charco; y te vi seguir caminando sin enterarte de lo que acababas de hacer. Sin quererlo, me puse de pie, y los mismos pasos inconscientes que me llevaron a la acera, me llevaban ahora a perseguir por las calles tus huellas mojadas dejando atrás toda mi realidad ondulante.

jueves, 17 de febrero de 2011

quédate a dormir

Se despertó en medio de una cama revuelta, medio desnudo y en una habitación que olía a canela y piñones.

Le había hecho prometer varias veces que si se quedaba era solamente para dormir. No había accedido a dormir allí hasta que se lo hubo asegurado una y otra vez. Pero le había mentido. Sí, es verdad que se había limitado a acostarse a su lado, mantener una conversación hasta que el sueño no les dejaba más que decir estupideces y que ni siquiera le había puesto una mano encima; pero le mintió; se sentía engañado, y de la peor manera posible.

Nada más dormirse, él, contradiciendo sus promesas, se había metido en sus sueños. Apareció en ellos y le hizo el amor en una cantidad, calidad y variedad de formas que jamás antes hubiera podido imaginar. Llenó todos sus sueños de aquella noche de placer, creatividad, tranquilo reposo, experimentos, ganas de piel y olor a cuerpo vivo.

Ahora se sentía enamorado de él, y de una forma de lo más adictiva; había enamorado a sus sueños, algo que convertía aquel amor en irremediable, irreversible e irracional; un amor peligroso. Sólo le quedaba esperar que él no se hubiera dado cuenta.

Pudo ver su silueta entrando a contraluz por la puerta. Adivinó por la forma que veía a través de sus ojos entrecerrados que estaba desnudo y que llevaba una bandeja. Ahora la habitación olía a canela, piñones y café. No podía dejar de pensar en que debía evitar a toda costa que él notase lo que había soñado, y cómo se había sentido haciéndolo.

Él lo miró mientras se acostaba gateando encima de su cuerpo. No veía nada a contraluz, pero sabía que le estaba mirando con esa sonrisa suya, mezcla de atracción y amenaza. Si las plantas carnívoras tuvieran cara, estaba completamente seguro de que antes de devorar a su presa, sonreirían de esa manera. Estaba claro que sabía lo ocurrido en el sueño, y se sentía estúpido por haber siquiera pensado que podría habérselo ocultado a sus poderes adivinatorios.

- ¿Otra cabezadita? - Le oyó decir a aquella sonrisa en la oscuridad.

Esta vez durmieron abrazados, entrelazando sus brazos y piernas inocentemente mientras en sueños no dejaban de conocer sus cuerpos, tan a fondo, que aprendieron también algunas cosas de sus almas. Los dos sonrieron en sueños mientras en la bandeja se enfriaba el café.

miércoles, 2 de febrero de 2011

más peluches que tanques

Será un anuncio de una de las mayores multinacionales del mundo. Seguramente promueva el consumismo, lo más posible es que esté creado exclusivamente para promocionarse y vender más y más. Con toda probabilidad se me escapen muchísimos detalles subliminales a los que mi mente de espectador ocasional e inexperto no les sepa dar significado ni justificación. Pero me encanta.

Me gusta que en los medios de comunicación tengan cabida visiones optimistas del mundo. Me gusta que, muy despacito, se nos vaya dibujando una sonrisa pensando en positivo mientras miramos nuestra pantalla. Me gusta que en la televisión todavía puede tener sentido esta función.

Aunque sea a través de anuncios, pueden ser un buen primer paso para el ansiado telediario de sólo buenas noticias, ¿no, Ali?

Espero que a vosotros también os guste que por un momento la televisión recuerde que aún se hacen tartas de chocolate, que el amor se apodera del miedo, que hay personas que comparten hasta su sangre y niños que cantan con una sonrisa al mundo, porque piensan que es maravilloso.


viernes, 14 de enero de 2011

el maravilloso espectáculo del corazón funambulista

Y entonces, se hizo el silencio en la pista. Nadie entre el público había visto antes el espectáculo; pero todos supieron que en ese preciso instante debían guardar silencio porque iba a ser representada la parte más espectacular de la función. Lo supieron por una extraña intuición; como la que le dice a la cocinera en qué momento está en su punto la sopa.

Entonces salió él a la arena. Todos permanecieron en absoluto silencio; se respiraba la inquietud. Llevaba un traje blanco hecho a medida, chaleco blanco, camisa blanca, corbata blanca, zapatos blancos y un clavel blanco le asomaba por el ojal. Su sonrisa también era blanca; pura.

- Damas y caballeros, buenas noches. Como ya todos saben, los trucos más arriesgados son aquellos que se realizan sin red, cuerdas, ni ningún artificio de engaño. En realidad, la espectacularidad que se consigue con ello, no se basa en la falta de seguridad; sino en la perfección de movimiento que se logra. No se puede saltar mejor que sin red, no se puede atravesar la cuerda floja mejor que sin arneses y, desde luego, no se puede volar de una forma más bella que cuando no existe el suelo.

Por instantes, la cara de aquel joven delgado parecía tomar facciones de alguien mayor; quien se dirigía a todo el público sin necesidad de alzar demasiado la voz era una persona más experimentada; más vivida, y con mucho más que enseñar.

- Con el amor ocurre lo mismo; damas y caballeros; nadie ama mejor, ni más bonito, que quien tiene sus dos pies apoyados en la incertidumbre.

Cuando hizo una pequeña señal; dieciséis operarios del circo salieron a la pista para llevarse todas las redes, cuerdas, arneses y cuantos elementos de seguridad o de estorbo se encontraron en el espacio de acrobacias.

- Les aconsejo que abran bien los ojos; pues esta noche van a ser testigos de una entrega de amor incondicional y sin medidas; una entrega con toda la confianza, pero sin ninguna seguridad; sin red.

Como todas las noches, como en todos los pequeños pueblos donde el circo acampaba; el joven empezó a otear entre el público buscando a la persona a quien entregarle su amor. Ofrecía verdaderamente su corazón a la persona elegida; no le importaba que fuese una mujer, un hombre, un pequeño muchacho o una anciana. Su sentimiento era tan profundo que resultaba inevitable; no podía olvidar a esa persona hasta enamorarse de nuevo. No podía comer, no podía dormir y tenía el corazón tan destrozado que venía necesitando más parches que la vieja carpa del circo. Es por eso que aquel muchacho representaba la principal atracción del espectáculo; porque nadie había visto nunca amar con tanto dolor.

Una inexplicable chispa atravesó por un instante sus ojos; aquellos extraños ojos; uno oscuro y otro miel. Comenzó a andar hacia el público. Se internó en la oscuridad que rodeaba al espectáculo; pero uno de los focos le siguió subiendo las escaleras. Se acercó a un joven del público; debía de tener su misma edad, o tal vez fuese incluso un poco más joven. Los dos se miraron fijamente a los ojos durante un momento.

- Me gustan tus orejas - dijo el muchacho de blanco sin dejar de mirarle a los ojos. Así, sin dejar de mirarle tampoco, sacó su clavel del ojal de la solapa y se lo ofreció. - Quiero que tú seas el gran amor de mi vida.

Si la vida de aquel muchacho vestido de blanco; aquel mago de las emociones; tuviera que resumirse en una función; sería en la de aquella noche. No por la perfección de la ejecución, la gracilidad de los movimientos o la belleza del acto de entrega; sino porque aquel sentimiento de amor incondicional fue el que terminó por destruir su corazón ya convertido en polvo, cenizas, claveles blancos marchitos y eco de sonido de aplausos.