viernes, 14 de enero de 2011

el maravilloso espectáculo del corazón funambulista

Y entonces, se hizo el silencio en la pista. Nadie entre el público había visto antes el espectáculo; pero todos supieron que en ese preciso instante debían guardar silencio porque iba a ser representada la parte más espectacular de la función. Lo supieron por una extraña intuición; como la que le dice a la cocinera en qué momento está en su punto la sopa.

Entonces salió él a la arena. Todos permanecieron en absoluto silencio; se respiraba la inquietud. Llevaba un traje blanco hecho a medida, chaleco blanco, camisa blanca, corbata blanca, zapatos blancos y un clavel blanco le asomaba por el ojal. Su sonrisa también era blanca; pura.

- Damas y caballeros, buenas noches. Como ya todos saben, los trucos más arriesgados son aquellos que se realizan sin red, cuerdas, ni ningún artificio de engaño. En realidad, la espectacularidad que se consigue con ello, no se basa en la falta de seguridad; sino en la perfección de movimiento que se logra. No se puede saltar mejor que sin red, no se puede atravesar la cuerda floja mejor que sin arneses y, desde luego, no se puede volar de una forma más bella que cuando no existe el suelo.

Por instantes, la cara de aquel joven delgado parecía tomar facciones de alguien mayor; quien se dirigía a todo el público sin necesidad de alzar demasiado la voz era una persona más experimentada; más vivida, y con mucho más que enseñar.

- Con el amor ocurre lo mismo; damas y caballeros; nadie ama mejor, ni más bonito, que quien tiene sus dos pies apoyados en la incertidumbre.

Cuando hizo una pequeña señal; dieciséis operarios del circo salieron a la pista para llevarse todas las redes, cuerdas, arneses y cuantos elementos de seguridad o de estorbo se encontraron en el espacio de acrobacias.

- Les aconsejo que abran bien los ojos; pues esta noche van a ser testigos de una entrega de amor incondicional y sin medidas; una entrega con toda la confianza, pero sin ninguna seguridad; sin red.

Como todas las noches, como en todos los pequeños pueblos donde el circo acampaba; el joven empezó a otear entre el público buscando a la persona a quien entregarle su amor. Ofrecía verdaderamente su corazón a la persona elegida; no le importaba que fuese una mujer, un hombre, un pequeño muchacho o una anciana. Su sentimiento era tan profundo que resultaba inevitable; no podía olvidar a esa persona hasta enamorarse de nuevo. No podía comer, no podía dormir y tenía el corazón tan destrozado que venía necesitando más parches que la vieja carpa del circo. Es por eso que aquel muchacho representaba la principal atracción del espectáculo; porque nadie había visto nunca amar con tanto dolor.

Una inexplicable chispa atravesó por un instante sus ojos; aquellos extraños ojos; uno oscuro y otro miel. Comenzó a andar hacia el público. Se internó en la oscuridad que rodeaba al espectáculo; pero uno de los focos le siguió subiendo las escaleras. Se acercó a un joven del público; debía de tener su misma edad, o tal vez fuese incluso un poco más joven. Los dos se miraron fijamente a los ojos durante un momento.

- Me gustan tus orejas - dijo el muchacho de blanco sin dejar de mirarle a los ojos. Así, sin dejar de mirarle tampoco, sacó su clavel del ojal de la solapa y se lo ofreció. - Quiero que tú seas el gran amor de mi vida.

Si la vida de aquel muchacho vestido de blanco; aquel mago de las emociones; tuviera que resumirse en una función; sería en la de aquella noche. No por la perfección de la ejecución, la gracilidad de los movimientos o la belleza del acto de entrega; sino porque aquel sentimiento de amor incondicional fue el que terminó por destruir su corazón ya convertido en polvo, cenizas, claveles blancos marchitos y eco de sonido de aplausos.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Abril, Julio y el paso del tiempo

- Va a llover. – Dijo la que fuese la bella Abril, ahora algo envejecida y con aspecto cansado por el paso del tiempo, al ver a dos hormigas con alas en el quicio de la ventana.
- ¿Sabes? – contestó Julio, malhumorado y resentido por el paso de tantos años iguales, sin levantar la mirada del libro que leía. – Estoy tan harto de ti, que me encoleriza escucharte decir cualquier cosa; hasta una nimiedad como esa.
- Ya, a mí me pasa lo mismo contigo. Hubo un tiempo en que para mí fuiste toda mi vida, y de tanto aborrecerte, he terminado por aborrecerlo todo. Todo lo que hay en ella.
- Es curioso. – reflexionó Julio en voz alta; ya mirando a la que fuese la bella Abril. – Hartos uno del otro, pero compartiendo una misma sensación tan intensa.

La que fuese la bella Abril, se dirigió con calma hacia la habitación, siguiendo unos pasos que había representado cientos de veces en sus pensamientos, y, con unos movimientos ya muchas veces estudiados; volvió al comedor llevando su bolso.

- Ven y siéntate. – dijo, mientras ella misma se sentaba a un lado de la mesa.

Cuando estuvieron sentados frente a frente, sacó del bolso un pequeño estuche violeta con un cierre plateado algo envejecido. Lo abrió tranquilamente y fue colocando con pasmosa serenidad, en el espacio de mesa que había entre ambos, una serie de pequeños frasquitos con líquido de diferentes colores. Como quien prepara sus piezas para empezar una partida de ajedrez.

- Son todos veneno. Todos llevan a la muerte, pero por diferentes caminos.
- Es la mejor idea que has tenido nunca. – Tuvo que reconocer Julio. – Un último juego antes de morir.

Los dos eligieron el frasquito que a su modo de ver parecía más doloroso. La que fuese la bella Abril, uno verde intenso, y Julio se decantó por un amenazador azul eléctrico. Abrieron los botes, brindaron, y vertieron en sus bocas el contenido.

- ¿Un beso? – Dijo la parte romántica que seguía viva en Julio.
- Claro.

Al besarse compartieron los fluidos venenosos que quedaban en sus bocas; compartiendo así también una forma similar de muerte. Se quedaron sentados, mirándose el uno al otro perecer. Se miraban con delicia. Les estaba encantando tanto la situación de ver morir al otro que llegaron a un acuerdo sin palabras; ponerse a hacer el amor. La intención se quedó en el aire; dando de bruces en el suelo dos cadáveres medio desnudos.

Una de las hormigas de la ventana salió volando en ese preciso instante, y empezó a caer desde el cielo gris una lluvia fina, pero muy intensa. La otra se quedó allí, contemplando todos los detalles para poder contarme esta historia.

sábado, 11 de diciembre de 2010

punto de fusión

Una vez, salí con un esquimal. Era la persona más ardiente que jamás he conocido. No tardé mucho tiempo en marcharme con él al polo Norte e iniciar una extraña relación basada fundamentalmente en el mantenimiento de nuestra temperatura corporal en aquél entorno glacial.

Nos encontrábamos genial dándonos besos con la punta de la nariz, cazando focas enormes para poder comer, haciendo el amor sobre la nieve y esperando con ansia los cumpleaños, navidades, aniversarios o cualquier excusa tonta; como san Valentín; para regalarnos más y más capas de ropa con la que abrigarnos. También aprendí con él doce palabras inuit para identificar distintos matices del color blanco. La verdad es que además de ser ardiente y atractivo, era un esquimal bastante culto.

Una de nuestras frías mañanas polares, atravesábamos un lago helado tratando de encontrar algún alimento diferente a las focas para incluirlo en nuestra dieta, cuando de repente; mi compañero inuit, con su halo de irradiante calor, comenzó a derretir las enormes placas de hielo.

- Corre. - Fue lo único que alcanzó a decir. Lo dijo sin poner ninguna emoción a esa única palabra, mientras se giraba hacia mí mirándome casi con parsimonia; y ahora pienso que fue porque ya sabía todo lo que iba a pasar a continuación; porque lo había visto muchísimas veces en sus peores pesadillas.

Cuando volví al lugar por donde había caído; ni siquiera medio minuto después, ya no pude ni divisarlo desde arriba, había desaparecido. Así que de repente me di cuenta de que siendo poco más que un crío, estaba en uno de los lugares más recónditos del planeta y viudo de mi esquimal. Desde luego, dicho así,... es que me pasa cada cosa, que vamos...

Ahora, unos años después, cuando en algún bar pido alguna copa o un refresco y veo esos enormes cubitos de hielo con los que rellenan más de medio vaso, aunque sé que obviamente no los traen congelados desde el polo Norte, no puedo evitar pensar que en alguno de ellos puede residir parte de le esencia de mi inuit sumergido. A veces, en esos momentos, cierro los ojos, dejo mi mente en un blanco "aput" y sonrío recordando aquellos felices tiempos desde los que ya no he vuelto a probar la foca. Entonces, mi mente se pone de un blanco aún más limpio; un blanco "qanik"; como el de los copos de nieve antes de tocar el suelo, y siento en mis mejillas el increíble calor de su piel. Era la persona más ardiente que jamás he conocido.