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jueves, 16 de febrero de 2012

por qué los albatros están en peligro de extinción

Es un albatros cualquiera, y siente en este momento que todo es maravilloso. Flotar. El líquido caliente. Sentir cómo se desarrollan nuevas partes de su cuerpo. A veces se nota un calor diferente al del líquido, un calor que arropa de forma distinta. En esos momentos se siente cuidado. ¿Las madres de los pájaros les aman? No lo sabe, pero le gusta la sensación. Cuando no siente ese calor, hay otro diferente, acompañado de una luz clara que atraviesa la cáscara en la que está envuelto y que puede ver a través de sus párpados cerrados.

Siente un impulso irrefrenable, respira rápido, se frustra, necesita hacerlo, picotea, destruye, abre, derrama el líquido, su cáscara queda destrozada, y encuentra algo inesperado. El mundo.

Es un albatros cualquiera en ese mundo tan grande, y siente que todo es maravilloso. Crecer. El aire entre las plumas. Ser alimentado. Volar. Aprender a alimentarse. Zambullirse en el agua. No saber a qué le recuerda. También el no saber le parece bonito. Hay otros animales que le asustan. No le gustan los perros y una vez vio un caballo. Sin embargo, sí le gusta ver a las personas paseando cerca del mar; sobre todo si llevan ropa blanca. Sentir la arena en las patas. ¿La arena de las playas ama? No lo sabe, pero le gusta la sensación. Cuando no siente la arena en las patas, a veces siente algo diferente, la agonía de un pescado antes de ser engullido; y sentir ese algo con los párpados cerrados, le produce cierto placer desconcertante.

Siente un impulso irrefrenable, respira rápido, se frustra, necesita hacerlo, vuela alto, atraviesa las nubes y sigue ascendiendo, picotea, destruye, abre, derrama el azul del cielo, su cáscara queda destrozada, y encuentra algo inesperado. El mundo más allá del mundo. El lugar donde los albatros escapan mientras nosotros pensamos que desaparecen.

martes, 11 de octubre de 2011

mi tu nuestra canción

No puedo evitar, desde que me dijiste que esta canción te recordaba a mí en un viaje de autobús, que ahora me recuerde a ti. No, no a ti, a nosotros.

A ese viaje de autobús, a otros viajes en autobús cruzando ríos y viendo árboles llenos de pájaros blancos, en aviones de ida, en aviones de vuelta, caminando del lado en que nos chocan los relojes, en coche mientras oímos anécdotas de obras de teatro en guarderías, en las "combis" donde siempre cabían tres más, en los remolques de furgonetas llenos de picos, palas y sacos de arroz con dibujos de negras con sacos de arroz en la cabeza, y; sobre todo; en los viajes entre risas tumbados en el sofá de casa, transportándonos el uno al otro a nuestra infancia, a momentos puntuales en los que el otro no había tenido la ocasión de estar, a esas realidades cercanas para uno y remotas para el otro, teñidas siempre de cierto matiz de exageración o fantasía para hacerlas más graciosas con el mero fin de hacer al otro sonreír.

Me recuerda a esos viajes, y también me hacen pensar en los viajes que vendrán. Ya sabes que a mí todavía me falta ir en globo, yo lo dejo caer.

martes, 12 de abril de 2011

como gotas

Nunca había podido concebir esas enormes distancias hasta que estuve una temporada en aquel lugar de la tierra. Ese lugar donde tienes que caminar varios kilómetros para visitar al vecino más cercano o conducir durante horas para encontrar en medio de la noche un motel cutre anunciado por un cartel con luces de neón.

Llevaba tantas horas conduciendo en la oscuridad, con la vista fija en el cercano tramo de carretera que alumbraban nuestros faros, que había desaparecido hasta mi preocupación inicial de atropellar alguna cría de canguro por distracción. No sabría decir si estaba pensando en todo lo que había sucedido tan repentinamente en aquellos días, o simplemente en nada. Aquella ancha recta parecía no tener fin, y tampoco podía recordar su principio. Conducía deprisa. Muy deprisa.

Tú dormías en el asiento de atrás. Eso hacía que el silencio fuese, con la velocidad y la oscuridad, el tercer protagonista de aquella noche. No sabría decir cuánto tiempo llevaba callado y al volante. Creo que no miraba el reloj, más que por desinterés; porque no recordaba siquiera su existencia.

Con aquella oscuridad envolvente, no había visto formarse una densísima capa de nubes que, repentinamente, en la melancolía de aquella larga noche de viajes sin rumbo, empezó a dejarse caer encima del mundo en forma de rápidas y enormes gotas. Noté que te movías en el asiento de atrás y que te incorporabas levemente. Puse el limpiaparabrisas a funcionar.

Unos segundos después, a lo lejos y por tercera vez en tantas horas, otras luces se dirigían hacia nosotros desde el horizonte. Aproveché el que nos alumbrasen al acercarse para mirar tu reflejo en el espejo retrovisor. Tú también. Nos cruzamos con aquél coche y volvimos a quedar a oscuras. No sabíamos qué hora era, pero en aquél fugaz encuentro de nuestras miradas tomamos una decisión con la unisonidad propia de la ausencia de palabras. Aparqué en la cuneta.

Sin renunciar a la oscuridad, a la velocidad, ni al silencio en el momento de nuestra decisión, habíamos llegado al acuerdo ciego y mudo de pasar la noche allí mismo, sabiendo que más que el reposo de un colchón necesitábamos el de nuestra piel, y más que las luces de neón; las que se escondían tras nuestros párpados cerrados. Sin bajarme del coche, pasé al asiento de atrás después de apagar el motor. Allí dormimos abrazados, envueltos y calmados por el sonido fuerte de la lluvia en la chapa del techo.

Recuerdo que antes de quedarme dormido, pensé que las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal, viajaban aquella noche tan perdidas como nosotros.

sábado, 11 de diciembre de 2010

punto de fusión

Una vez, salí con un esquimal. Era la persona más ardiente que jamás he conocido. No tardé mucho tiempo en marcharme con él al polo Norte e iniciar una extraña relación basada fundamentalmente en el mantenimiento de nuestra temperatura corporal en aquél entorno glacial.

Nos encontrábamos genial dándonos besos con la punta de la nariz, cazando focas enormes para poder comer, haciendo el amor sobre la nieve y esperando con ansia los cumpleaños, navidades, aniversarios o cualquier excusa tonta; como san Valentín; para regalarnos más y más capas de ropa con la que abrigarnos. También aprendí con él doce palabras inuit para identificar distintos matices del color blanco. La verdad es que además de ser ardiente y atractivo, era un esquimal bastante culto.

Una de nuestras frías mañanas polares, atravesábamos un lago helado tratando de encontrar algún alimento diferente a las focas para incluirlo en nuestra dieta, cuando de repente; mi compañero inuit, con su halo de irradiante calor, comenzó a derretir las enormes placas de hielo.

- Corre. - Fue lo único que alcanzó a decir. Lo dijo sin poner ninguna emoción a esa única palabra, mientras se giraba hacia mí mirándome casi con parsimonia; y ahora pienso que fue porque ya sabía todo lo que iba a pasar a continuación; porque lo había visto muchísimas veces en sus peores pesadillas.

Cuando volví al lugar por donde había caído; ni siquiera medio minuto después, ya no pude ni divisarlo desde arriba, había desaparecido. Así que de repente me di cuenta de que siendo poco más que un crío, estaba en uno de los lugares más recónditos del planeta y viudo de mi esquimal. Desde luego, dicho así,... es que me pasa cada cosa, que vamos...

Ahora, unos años después, cuando en algún bar pido alguna copa o un refresco y veo esos enormes cubitos de hielo con los que rellenan más de medio vaso, aunque sé que obviamente no los traen congelados desde el polo Norte, no puedo evitar pensar que en alguno de ellos puede residir parte de le esencia de mi inuit sumergido. A veces, en esos momentos, cierro los ojos, dejo mi mente en un blanco "aput" y sonrío recordando aquellos felices tiempos desde los que ya no he vuelto a probar la foca. Entonces, mi mente se pone de un blanco aún más limpio; un blanco "qanik"; como el de los copos de nieve antes de tocar el suelo, y siento en mis mejillas el increíble calor de su piel. Era la persona más ardiente que jamás he conocido.