martes, 12 de abril de 2011

como gotas

Nunca había podido concebir esas enormes distancias hasta que estuve una temporada en aquel lugar de la tierra. Ese lugar donde tienes que caminar varios kilómetros para visitar al vecino más cercano o conducir durante horas para encontrar en medio de la noche un motel cutre anunciado por un cartel con luces de neón.

Llevaba tantas horas conduciendo en la oscuridad, con la vista fija en el cercano tramo de carretera que alumbraban nuestros faros, que había desaparecido hasta mi preocupación inicial de atropellar alguna cría de canguro por distracción. No sabría decir si estaba pensando en todo lo que había sucedido tan repentinamente en aquellos días, o simplemente en nada. Aquella ancha recta parecía no tener fin, y tampoco podía recordar su principio. Conducía deprisa. Muy deprisa.

Tú dormías en el asiento de atrás. Eso hacía que el silencio fuese, con la velocidad y la oscuridad, el tercer protagonista de aquella noche. No sabría decir cuánto tiempo llevaba callado y al volante. Creo que no miraba el reloj, más que por desinterés; porque no recordaba siquiera su existencia.

Con aquella oscuridad envolvente, no había visto formarse una densísima capa de nubes que, repentinamente, en la melancolía de aquella larga noche de viajes sin rumbo, empezó a dejarse caer encima del mundo en forma de rápidas y enormes gotas. Noté que te movías en el asiento de atrás y que te incorporabas levemente. Puse el limpiaparabrisas a funcionar.

Unos segundos después, a lo lejos y por tercera vez en tantas horas, otras luces se dirigían hacia nosotros desde el horizonte. Aproveché el que nos alumbrasen al acercarse para mirar tu reflejo en el espejo retrovisor. Tú también. Nos cruzamos con aquél coche y volvimos a quedar a oscuras. No sabíamos qué hora era, pero en aquél fugaz encuentro de nuestras miradas tomamos una decisión con la unisonidad propia de la ausencia de palabras. Aparqué en la cuneta.

Sin renunciar a la oscuridad, a la velocidad, ni al silencio en el momento de nuestra decisión, habíamos llegado al acuerdo ciego y mudo de pasar la noche allí mismo, sabiendo que más que el reposo de un colchón necesitábamos el de nuestra piel, y más que las luces de neón; las que se escondían tras nuestros párpados cerrados. Sin bajarme del coche, pasé al asiento de atrás después de apagar el motor. Allí dormimos abrazados, envueltos y calmados por el sonido fuerte de la lluvia en la chapa del techo.

Recuerdo que antes de quedarme dormido, pensé que las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal, viajaban aquella noche tan perdidas como nosotros.

miércoles, 6 de abril de 2011

animalfabeto

Una práctica serie de consejos de la A a la Z para salvar nuestro planeta elaborada por los niños de mi cole de prácticas. El viernes, cuando termine y me tenga que ir de la escuela creo que voy a contribuir al consejo de la letra Q,... y bastante.


lunes, 4 de abril de 2011

maremoto

... y entonces, me besaste. No, en realidad no me besaste. Cualquiera que hubiese visto la situación desde fuera, hubiera podido pensar que me estabas besando, pero no era así. Lo que en realidad me hiciste fue lo que el agua de las olas del mar hace con la arena de la playa.

Me llenaste de ti, me cubriste por completo con tu esencia, me inundaste de emociones, me acariciaste con tu espuma, me hiciste salir de mi estatismo para ponerme a rodar por la irreflexión, me transformaste en algo vivo, me hiciste oír tu canto eterno, me envolviste con tu olor oceánico, me abrigaste con tu humedad natural, me trajiste restos de conchas, me arrastraste haciéndome ver lo conocido desde un nuevo punto de vista, me centrifugaste.

Pero hay algo más que también hacen las olas del mar con la arena de la playa; abandonarla. Volver a arrastrarla hasta su lugar de origen, dejándola revuelta, mareada y sin saber lo que pasó. Volver a convertirla en piedra de una manera todavía peor que en un principio; porque a su ausencia de movimiento se suma la impotencia del recuerdo de la vida. Su sal la deja sedienta de su agua; sedienta incluso de la misma sal que le hace ahogarse lentamente por la necesidad de beberle.

En realidad no me besaste, cualquiera podría pensar que sí, pero yo sé que en aquél preciso momento lo que hiciste fue sumergisme en un mágico, colosal e inesperado maremoto llamado locura de amor.